La Palabra del Domingo

 

En la tradición de la Iglesia Católica, la Palabra de Dios no es solo un texto para leer, sino una realidad viva que guía, forma y transforma nuestra vida. 

Es pilar fundamental, central en la vida de la comunidad parroquial; sin Ella, la vida de la Iglesia pierde su fundamento, porque es la fuente que ilumina la fe, alimenta la vida espiritual y orienta la acción pastoral.

El encuentro con la Palabra de Dios es una experiencia espiritual profunda en la que una persona se abre a escuchar, meditar y vivir el mensaje de Dios, especialmente a través de la Biblia. No se trata solo de leer un texto, sino de permitir que esa Palabra toque el corazón, ilumine la vida y guíe las decisiones.

TIEMPO ORDINARIO

Domingo XVIII del T. Ordinario

(Ciclo A)

«Comieron todos y se saciaron»

Lecturas de la Misa

Primera lectura

Lectura del de Isaías

(Is. 55, 1-3)

Esto dice el Señor: «Oíd, sedientos todos, acudid por agua; venid, también los que no tenéis dinero: comprad trigo y comed, venid y comprad, sin dinero y de balde, vino y leche. ¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad vuestro oído, venid a mí: escuchadme y viviréis. Sellaré con vosotros una alianza perpetua, las misericordias firmes hechas a David».

Salmo responsorial

Salmo 144, 8-9. 15-16. 17-18

R/. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R/.

Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente. R/.

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos

(Rm. 8, 35. 37-39)

Hermanos: ¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo

(Mt. 14, 13-21)

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan Bautista se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados. Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida». Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer». Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». Les dijo: «Traédmelos». Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Comentario a las Lecturas

SACIARSE Y SOBRAR (Mt 14,13-21)

En contraste con sus paisanos que le rechazaron, la multitud busca a Jesús incansablemente, ansiosa de escuchar sus enseñanzas y de beneficiarse de su poder para aliviar el dolor. Jesús, huyendo de Herodes, se retira a un lugar más seguro, pero la gente lo localiza y, al verlos, siente lástima de ellos. Es la reacción lógica de un corazón verdaderamente humano. Nadie permanece indiferente ante el sufrimiento ajeno, a no ser que su corazón se haya endurecido. Pero no queda ahí la cosa, sino que se dedica a curarlos de sus enfermedades. Y es que no basta sentir lástima o ser compasivo, si se puede remediar el mal que lo provoca. La compasión -desde el punto de vista cristiano- sólo es auténtica si va acompañada del esfuerzo por remediar los males. Lo otro es una manera sutil de acallar la conciencia.

A la luz de esto, se entiende mejor el milagro de los panes. Los discípulos ven el problema y creen que la solución es que cada uno se las apañe como pueda. Jesús les dice que pongan remedio, a lo que ellos responden que no tienen medios. Es el recurso a la incapacidad para no comprometerse. También podían haber dicho que era imposible, que el problema no tenía solución, que no era responsabilidad suya... Cualquier justificación vale a quien no quiere implicarse en los problemas de los demás ni complicarse la vida. Pero Jesús no acepta un no como respuesta. Con sus propuestas quiere hacer ver a los suyos que, cuando está en juego la compasión, no es cuestión de medios, sino de fe. Hace más el que cree que puede hacer algo que el que sólo ve que puede hacerse algo. Hay asuntos en los cuales no se pueden medir las posibilidades, sino que hay que ponerse manos a la obra.

La segunda enseñanza del relato viene del modo de actuar de Jesús: él da el pan a los discípulos para que éstos se lo den a la gente. Evidentemente el evangelista está hablando de bienes que no son pan y peces. Se refiere a que todo don recibido hay que darlo a los demás. San Pablo dirá que las gracias y dones que uno recibe son para ponerlos al servicio de la comunidad. No somos dueños, sino administradores.

El resultado final es sorprendente: todos quedan satisfechos y además sobra. Viene esto a significar que, al contrario de los bienes materiales que, cuando se dan, se achican, los bienes espirituales, cuando se dan, se agrandan. Son como un venero inagotable que nunca pierde caudal por muchos que calmen en él su sed. Me viene al pensamiento cómo sería el mundo si los hombres creyéramos de verdad en estas palabras de Jesús. Nadie necesitaría tener de más y, por ello, nadie tendría de menos. Si muchos de los males vienen de la avaricia de unos y de la penuria de otros, vivir con estos criterios sería una garantía de paz. Pero los hombres seguimos creyendo que esto es pura utopía. Estamos a las puertas del paraíso, pero no entramos porque pensamos que ni existe ni puede existir.

(Francisco Echevarría Serrano. Profesor del Instituto Teológico San Leandro. Diócesis de Huelva)

             Para profundizar:

                                                   Escucha de la Palabra